lunes, 27 de agosto de 2012

MOMENTITOS DE FELICIDAD




Entro en una zapatería porque he visto en el escaparate unos zapatos que me gustan. Se los señalo a la dependienta, le digo mi número, el 46. Ella vuelve y me dice: lo siento, pero no tenemos de su número. Luego añade siempre: tenemos el 41. Y me mira, en silencio, porque quiere una respuesta. Y a mí, al menos una vez, me gustaría decirle: vale, de acuerdo, deme el 41.

Cuando el que te ha pedido que le guardaras el sitio llega por fin. Y puedes demostrar a todos los que están alrededor que era verdad.

Los que dicen que te llevan y no te dejan en cualquier sitio: en la esquina, cerca del metro, en la parada de taxis. Sino que te acompañan hasta casa.

El día en que tiene que ajustarse la hora legal, o la solar. Porque uno nunca acaba de entender si esta vez toca pasar de la hora legal a la solar o de la solar a la legal. Y si esta noche vamos a dormir una hora más o una menos: esto es motivo de agotadoras discusiones que se prolongan hasta pasada ya la hora del cambio de las agujas, convirtiendo así en inútil la eventual hora de sueño añadida. Porque siempre hay alguien que, aunque le hayas hecho unos dibujitos en un papel, no está convencido, y dice que en su opinión es lo contrario: que dormiremos una hora más y no una hora menos, como estáis diciendo todos (o una hora menos y no una más).

Los amores al empezar, que es mucho antes de que empiecen, es decir, el momento en que un enamoramiento nace sin que la persona que se enamora se haya dado cuenta aún.

Y luego determinadas tardes de lluvia y la gente que espera que deje de llover bajo los soportales, y se conoce, y se habla. Los amigos que se reúnen en el café y se cuentan sus secretos. Las manifestaciones, cuando la ciudad es ocupada por muchos de los que la habitan. El número exacto de besos que se están dando en este momento. El bis tan esperado en un concierto. Una disputa endiablada por una cuestión de principios. Alguien que corre para llegar antes de que se cumpla el plazo para lo que sea. El hecho de que ninguna mujer en el mundo consiga de su peluquero el peinado que deseaba.

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